La wera (Roberto)

    Somos amigos, güera, que ¿no? Era cuestión de tiempo de que esto pasara y ya no lo podíamos esconder. Habíamos decidido irnos a fiestear después de trabajar y sabes que todo eso iba a valer verga. No recuerdo si lo habíamos planeado del todo, pero la idea de dirigirnos a cualquier lugar mientras Mario no estuviese era algo que me excitaba cada que pensaba en el hecho de tenerte al lado.
    Eran cerca de las nueve de la noche, recuerdo que era mi hora esperada en ese momento. Sabría decirte la verdad, pero podría haber dicho mil mentiras y la mejor fue convencerte de que iríamos a un lugar tranquilo, obviamente sin mencionarte a Andy hasta el momento en que lo tuviéramos de frente. En fin, nos dirigíamos hacia el centro cuando recibí la notificación de que tendríamos drogas al por mayor y, por ende, mis puertas abiertas para esa oportunidad que tanto había estado esperando.
    Nos dirigíamos entonces hacia el Chac Mol que era donde nos encontraríamos con Andy. Admito en este momento que no pude contenerme, pero dentro de mi conciencia el pensar en hablar contigo, el saber que puedo alejarte de Mario me hace dudar, dudar de todo y querer escapar contigo. Claro, las drogas harían que todo esto fuera más fácil y es ahí cuando Andy hace su aparición, abriéndonos la entrada del Chac mientras nos ofrecía mota y ácido.
    Recuerdo un momento, ahondando entre la madrugrada y las dos tachas que había puesto en tu bebida, en donde lograba rodear tu cuerpo entre caricias que se abalanzaban entre humo y risas que sobraban al por mayor. Sin embargo, el hecho de acariciarte sin pudor alguno me acercaba más a tu esencia, guera. Y seguro nos recuerdas ahí, entre un tumulto vago de gente sin sentido y el candor que recreábamos en el lugar, sin importar lo que Andy y los tipos que nos rodeaban pensaran. Todo en un momento en el que nos dejamos llevar por el hastío mismo de vivir.


R3

Por alguna extraña razón nada de lo que le mencionaba le provocaba sorpresa. Cada una de las sentencias que golpeaban su lóbulo frontal parecían el ensayo de una obra, su conciencia estaba predispuesta a que no sería la primera vez que escuchaba dichas palabras.

Dentro del silencio que lo venía caracterizando las últimas dos semanas se escondía una tormenta; el torrente de decisiones mantenía el flujo constante, pero a todo esto: ¿Quién está preparado para definir la vida o muerte de una persona?

Afuera, todo en calma con el calor tostando las hojas en pavimento, el silencio sobre pintando los ruidos de los vehículos y dejando un resultado que camuflajeaba perfectamente la situación.

Recordó cuándo fue la última vez que paso por una situación similar ¿la secundaria? (Claro, porque a esa edad la irresponsabilidad no es del todo mal vista) pero ahora todo era un poco distinto, y eran estas pequeñas modificaciones lo que más le perturbaban, pues a los 29 algo como esto no está del todo mal visto, de pronto la invadieron una serie de imágenes: los viajes de mochilazo, los bares peligrosos en cada ciudad, las peleas en los hostales y cada una de las chicas con las que no tuvo este dilema.

Sin darse cuenta cómo, se vio en medio de la oficina, era el siguiente y la ventanilla lo aguardaba, la carta se encontraba algo arrugada, pero cumplía con el protocolo de timbrado, los 16 pesos del peaje, las letras cargadas de su alma, de su preocupación, de cada sentencia que no podría tener la certeza de repetir en persona.



Al salir sintió un poco de confusión, pero enseguida se repuso repitiendo que hacia lo correcto. Su designio no podía continuar mientras esos lazos siguieran creciendo y ahora ese lazo estaba podrido, su único dilema pendiente era regresar por su equipaje, salir de nuevo y perderse entre la multitud aledaña, con la esperanza de que todo era mejor así.

Movimiento diurno

Después de todo este tiempo, no se me ocurre una manera bonita para terminar, en específico para concluir todo lo que ha venido sucediendo. lo más cercano a todo eso, es el merito centro de Monterrey, no estoy hablando de Morelos y Juárez, que no sé porque tiene esa denominación; hablo de Juárez y Tapia; es a partir de ahí donde se divide la ciudad; el origen. de ahí nacen el norte y sur, el oriente y el poniente. la idea siempre me ha fascinado como el origen del raciocinio, el origen del acuerdo meramente humano y la convivencia social.

En ese origen, he pasado muchas cosas, desde secuestros fingidos antes de que comience la obra, miradas furtivas, al acecho de mi llegada y pérdidas involuntarias del asombro.

Es así como me gustaría relacionar el final de pacto ficcional, con el origen orientacional de Monterrey; pues después de todo, los ciclos son iteraciones infinitas, y nuestro final, no es más que un comienzo y viceversa. me agrada la idea de tener un final donde siempre ha sido un comienzo, me agrada el potencial que tiene, el caos poético que implica.

Son los lugares, las ubicaciones y las historias urbanas, lo que nos llevó a realizar todo esto, el salir a las calles y traerles la vida diaria, el ir pescando sucesos que a primera instancia parecían aislados, pero de lejos uno puede ver la telaraña de situaciones que van ligadas para con hechos más grandes; todo resulta ser una casualidad bien hilada y bien desarrollada dentro de la pequeña ficción regiomontana y el mundito que viene siendo México.

No me queda más que agradecer a las personas que pasaban a leer algunas líneas, entre trabajos y tiempos libres; a las personas que creen/creyeron en nosotros, en lo que tenemos/teníamos que decir; pero sobre todo quiero agradecer a Jorge (los dos, el de verdad y el de mentiras) pues es el mejor compañero scout literario que se puede tener en una ciudad salvaje como la nuestra.

Si están perdidos sigan caminando, recorriendo callejones, calles y lugares extraños; nosotros también estamos perdidos, de pronto pudiera ser, que entre tanta confusión, terminamos por encontrarnos.

Z


Marcapiel

    Hoy comienzo aquí, en el más inesperado de todos mis suspiros hacia tu persona, con una espalda curtida que ruega y reza por elementales condolencias y un optimismo pasivo de regresar a la andadas. «¿Qué tanto más necesito explicarme para entender que nada tiene un verdadero significado?», me pregunto mientras atravieso ese mar de pieles morenas en donde la venta de artículos profanos prescribe el alimento de la vida. Lo pienso y lo insisto y vuelvo a lo mismo, y en cada ráfaga de viento que latiguea mi cabello encuentro una mínima pizca de sabor a existencia, a saliva salada que se escurre por los labios equivocados del dejarse probar, de la precoz insolencia senil autodefinida.
    He caído de nuevo sin meter las manos, dejando que el suelo me abrace y me engendre, sin esperar un salvador o un consuelo mundano. Caigo y persisto, como la mala hierba que se aferra a la grava en el sucio downtown donde soñamos, lugar del vicio y la demora continua, haciéndome el suceso de dos minutos de arrogancia matutina, a la par de cientos de zapatos pasando alrededor: el baile prohibido. «¿Y qué puede ser de mi sino la indiferencia?», me río y me arribo a volver a caminar ante ella: gloriosa reina de ratas y cerdos, madre del mañana: felicidad artificial. 
    Sinceramente, te veo más allá de todo ese repulsivo mar de mierda y drogas farmacéuticas, más allá de mi vulnerable y joven recuerdo, lejísimos de los momentos y las suaves despedidas. Es un punto de vista que me agobia y me brota a la par del entorno en donde voy caminando: pasando gentes que se mueven sin apuro de morir y con tan poca idea de ello, sintiéndome finamente adecuado para maldecirte en un-dos-por-tres que me llega a consecuencia de tus tristes lamentos. Y todo sigue sin sentido y sin un verdadero significado, porque la indiferencia me ocupa y me entrevé como uno más de sus hijos, como el tímido mar en donde nunca llegaremos a nadar. 
    Sigo sin confiar, sigo sin entender ese siguiente nivel de responsabilidad de adulto en occidente. Miro el horizonte entre dientes que no embonan a plenitud y una rutina autómata predestinada: un simple estribillo de dolencias y bienestar social. Y comienzo, porque sigue siendo lo más difícil, como un tormento fiel a la delicada duda si quedarme o irme, la desconfianza de no saber y ser terco al respecto: caminando ya la última parte de ese paraje de utensilios chinos que engalanan nuestro asqueroso panorama.
    Voy empezando y sé que no entenderás porque nunca lo has hecho.  «¿Qué tanto más necesito explicarme para entender que nada tiene un verdadero significado?». Nada, solamente un par de cómodas botas que me ayuden a dirigirme a un algo más que todo esto, un digno corte de escena, un verdadero punto final.