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    Subía su dedo muy lento.
    Sin apuro alguno que hiciera quejarme, encontraba la forma de jugar con su índice trazando rutas a lo largo de mi cuerpo. Sin embargo, había algo extraño en todo eso. Todo comenzaba desde el panorama extraordinario distinto a mi rutina. Nada encajaba con la última escena después de salir del trabajo: aún resplandecía el sol sobre nosotros y el tráfico era más pesado de lo normal. En cuanto a ella, nada tenía que hacer junto a mí en ese preciso instante y todo alrededor parecía cuidadosamente planeado.
    Observaba detrás de mí parabrisas el montón de coches varados en el tráfico y las motocicletas pasando entre carriles, yacíamos justo ahí, tranquilos base el tumulto suburbano atemporal y el sol de canícula. Ella se aferraba a pasear su dedo sobre mi brazo, sobre mi pierna y por el cabello que me caía por la frente. La luz en su rostro me recordaba la anormalidad del conjunto, todo esto mientras lograba avanzar entre un carril que se abría para nosotros. La pista era sólo nuestra y la respiración de mi acompañante me descubría como voraz conductor ante el suceso.
    Pasábamos los carros a una velocidad tremenda y sigilosa, contrastando el ambiente que teníamos dentro de la cabina: un juego de miradas que se iban y volvían sólo con el pretexto de hacer algo más allá de conducir sin rumbo. Tendría que tratarse de un sueño, uno donde te encuentras de repente sobre la nada y esta nada te regresa al trayecto real de golpe, apretando el volante y desconociendo el camino que en verdad se había tomado.

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Hago fila resignado mientras el sol termina de salir, con mochila al hombro y ansiando el regreso.

No hay nada más fuera de esto, pues nadie me lo dijo; es mi turno y parece que la maquina se ha quedado sin cambio, pregunto al guardia de seguridad pero parece no ser su problema. Entre los tantos transeúntes habrá quien pueda hacer el favor, de lo contrario tendré que ir con algún vendedor y comprar algo que no me hace falta del todo. Es un viaje aburrido pero alguien tiene que hacerlo.


Me preguntó ¿si alguien extrañará este lugar después de las 6? ¿Si alguien realmente se preguntará como luce un sábado por la tarde?; o la melancolía que lo abraza un domingo. Debí quedarme dormido y ahora tendré que caminar. Acá en el mundo real no nos importa nada de lo que sucede a nuestro alrededor. El sol está bañando las calles de un esplendoroso color, hay una melodía calma que parece hacer más lento el transcurso, supongo que tuve una oportunidad de hacer las cosas bien pero he tomado la salida fácil, quien sería tan descuidado como para hacer lo contrario.

Purísima

Hay una fila que apenas y puedo distinguir entre el olor característico de la ilegalidad. Somos unos adeptos más a perder el control, las luces aledañas pueden fácilmente confirmarlo. El movimiento descontrolado de los cuerpos, la barra y el candil con un movimiento que claramente les sigue el paso. Entre tanta deriva hay breves respiros a la lluvia de alcohol y sudor; las mesas son los salvavidas para la náusea crónica. El barco está a punto de partir y no hay nada que podamos hacer,  el casco mantiene firme su ocre de batalla. El mar de manos, de perversión, alcohol y bajas pasiones es el kraken por excelencia. Las sirenas se mantienen fieles a su función: atraer incautos con la promesa del néctar anhelado. Es ahí cuando no encuentro mi lugar, dejemos algo claro si es que estamos por zarpar, somos unos marineros de agua dulce, perdidos a nuestra suerte entre los ríos calles, las pequeñas lagunas se han quedado demasiado lejos como para tener la certeza de un regreso.

Del Eje Central

    Recuerdo haber creído que el clima para aquel viernes pudo ser mejor que la temperatura que acá teníamos pero no era mucha la diferencia. Era una de las primeras impresiones que venían a mi mente al abandonar el subsuelo y presentarme, nuevamente, frente a la ya recurrente imagen de la iglesia de Salto del Agua. Ahora, tumbado boca arriba en la neutralidad de mi cama, aseguro que fue algo lógico y divertido, dada la diferencia de temperaturas en mis anteriores andanzas y la tenue visualización de un «entonces» frío y voluntario. He vuelto y logro verlo todo de la mejor forma posible: un reencuentro todavía pulcro en el que se arrastraba un historial voluble de memorias y experiencias; ingenuidad que llevaba apretando dentro del puño izquierdo a las ocho de la mañana. Habría de ser pendejo para querer pisar siempre el mismo hotelucho de siempre, y precisamente por eso sugerí hospedarnos de nuevo allí. El acuerdo fue más sencillo que la idea y era tarde ya en el momento para acceder a algún cambio inesperado.
    De pronto, la estancia y el escape: la salida hacia el peregrinar indeciso en medio de almas que van y vienen y que poco me interesaba presenciar, un panorama que lograba abarcarnos bajo cientos de miradas a reacción y una brusquedad que oscilaba entre palabras vagas de comunicación exacta y la vuelta al mundo en treinta y cinco segundos. «¿A dónde vamos?», escuchaba y renegaba y volvía a la secuencia de mezclarme con lo mezclado y perdía la iniciativa de llegar hacia un punto en cuestión. Si no mal recuerdo, durante el café de esa misma mañana aquella similitud de palabras en la conversación de lo siguiente, fácil se mencionaron más de dos nombres y las preguntas recurrentes se situaron a merced, todo mientras me iba perdiendo en la escena de dejar la propina y abandonarme sin intención en la inseguridad y bullicio del Eje Central a tempranas horas de la mañana.
    Sus brazos me llevaban por encima de otros cuerpos que me chocaban sin malicia y sus disculpas grises y vagas se iban quedando detrás. No lograba comprender el proceso aquel de desplazarme sin destino hacia una avenida más abierta, una vereda sin mi presencia completa en donde pudiese renovarme al fin, exiliarme de ese trance en el que renuncié a la lucidez de saber qué era lo que esperaba. Y la conciencia volvía, o más bien, el ruido citadino de gritos callejeros, coches yendo hacia la nada y esa nausea que se genera por el olor de tanta gente me devolvía hacia más mierda, una mierda más llevadera. Me regeneraba a reacción entre lapsos y ellos no hacían más que apuñalar para hacerme saber que nunca hubo nada en concreto. El exorcismo había finalizado y mi espalda se apoyaba ya sobre la avenida Juárez mientras mis acompañantes me alcanzaban por entre la muchedumbre: un símbolo de dudoso éxito en el que lograba ver sus caras de nuevo, sonriéndome bajo la luz cegadora del medio día y el ataque de risas que vendría después de recordar sus nombres. Y el de todas ellas.

Ensalada de locos

    Son pocos los lugares en donde la comida en grandes es cantidades es más o menos buena. En Ensalada de locos lo puedes encontrar. En ensalada de locos uno va y come y engorda si quiere, sin la culpa de saberse obeso y gordo, sin la culpa de que la boca se te llene de grasa cual germano visigodo.
    En ensalada de locos comimos una vez. Pedimos casi lo mismo, ni al derecho ni al revés: fue una sopa de tortilla y algo más que no recuerdo: un panini o una tonta ensalada con nombre portugués. Eramos los más jóvenes, sin duda, los más solteros, los más incrédulos de todo tipo de burla. Sabíamos que el momento era inoportuno, como también sabíamos que contábamos con un contrarreloj diurno: un nefasto lapso de viajes a través de la ciudad para terminar siendo uno más de tus momentos, un capricho existencial en el que me encontraba bailando vulgarmente entre paredes de cemento. 
    En ensalada de locos quise besarte la cara con un adiós-antes-de-pagar-la-cuenta. Lo quise y lo deseé más que nada y lo lograba hasta que me di la vuelta. Te observaba y tu suave rostro irradiaba alegría de estar, de saberse así, de encontrarme y observarme; alegría jovial ante la ingenuidad del desgarrador mañana: un mañana en el que me arrepentiría de no largarme y de haber comido como cerdo hasta atragantarme. 
    A tu lado, en Ensalada de locos. 

Mercado Juárez

Hay varios aromas que no puedo distinguir y justo alguien decide atravesarse. Las puertas están tan marcadas por manos extrañas que parecen una mancha amorfa de rasguños. La tienda de instrumentos musicales es como miel para los curiosos que entre las oleadas de camiones esperan con algo agradable a la vista. La chica del local siguiente preocupada por las ventas me invita a conocer las novedades en las vestimentas de nacimientos. Hay algunos lugares en los que la adivinación es su especialidad y su modo de vida, pueden saber cualquier cosas aventando unas cartas al azar y decir lo que saben decir. Creo que tengo algo de hambre, pero la fila es eterna. No hay una fila definida, he caído en cuenta después de unos veinte minutos detrás de una señora que tan solo estaba perdida. La cortesía nula de los tipos de enseguida me ha hecho enfadar un poco, pero este lugar irradia una especie de atmósfera familiar, como la que hay en casa del abuelo en las fiestas de navidad. Mi cóctel está listo para viajar, mi garganta se impacienta entre los bocados cortos y mi estómago le hace espacio.  Una reunión casual entre un viejo y un gay; compartir el pan y saludar a Gabriel. Unos pasos más tarde, una oleada de libros brinca salvajemente, nunca se cómo reaccionar. Supongo, debo tener  un conocido por estos rumbos, pero hace años que no me pierdo entre recuerdos y alegres momentos. Los aromas ya no me parecen tan ajenos, el espacio es perfecto y la gente armoniosa un miércoles por la tarde.

McDonald's

De pronto toda la mesa se encuentra llena entre platillos y caras conocidas; hay algunos tipos de los cuales no tengo noción, siquiera idea remota de que es lo que hacen aquí. Luego hay preguntas, el interrogatorio de rigor con las clásicas excepciones, indirectas y momentos incómodos. No somos más viejos que ayer. Aquí no aplica esa basura pesimista, no hay momentos para debilidad del espíritu, no mientras las hamburguesas van brotando como retoños de entre las ramificaciones- mesa. Luego hay una fila de gente como con lamentos en los bolsillos, llenos de incredulidad, una especie de piloto automático. Un brinco desesperado entre ruidos de sillas y gente masticando con la boca abierta. El baño es otra historia, siempre lo es; con la manía que me cargo de visitar todos los baños del mundo, apenas y puedo notar que he confundido los géneros.

Su nombre es “peligro” lo dice entre risas y jalones inversos. No es la clásica situación de largarse de inmediato, más bien es una situación de rehenes, donde extrañamente juego ambos bandos. Ella también. En un momento de terrorismo premeditado el botón recorre lentamente su guía para con la puerta principal. No hay vuelta atrás. Nunca.


Alguien me da un golpe gentil en el hombro y caigo en cuenta que no he decidido siquiera levantarme del asiento. Las papas están heladas, el refresco caliente y la nieve… la nieve siquiera la he pedido. Alguien grita mi nombre, es alguien que no conozco, que no quiero conocer, ni ahora, ni nunca. 

Liverpool 83

    Al apagar el motor del pequeño coche deportivo, Marisa había dejado de escuchar el chillido extraño que Dany había notado minutos atrás al andar por Gonzalitos. Se habían detenido momentos antes para revisar torpemente el motivo de esta molestia, dejando de lado una charla llevadera en donde un sinnúmero de recuerdos alterados eran el manjar de mentiras y risas, que se anteponen siempre al disgusto de la otredad. Era jueves y las personas empezaban a preocuparse por gastar su dinero, hacer planes de fin de semana y hablar del frío que calaba hasta los huesos.
     Después de haber entrado al estacionamiento de uno de los centros comerciales más conocidos de la ciudad, habían optado por el silencio: un momento de pensamientos desplazados por el comienzo de un nuevo encuentro, uno que se planeó entre el roce de torsos y manos y algo de saliva que firmara el supuesto acuerdo de volverse a encontrar.  Se sabían más de lo que conocían al respecto el uno del otro: compartían un gusto exquisito por el suspenso de seguirse descubriendo, sin enterarse del relativo presente y el indiferente pasado. Eran encuentros breves después de la jornada los que los llevaban a deambular por ciertos puntos nada estratégicos, encontrando siempre personas conocidas en su camino que los descubrían entre cabellos revueltos y labial en la nariz, rímel en la boca y carraspeos que aclaraban sólo el bochorno de saberse así de observados, como dos bestias que se limitan al momento sin acordarse del nomadismo anhelado.
    Tras haber dejado el coche estacionado entre espacios vacíos y un rimbombante Peugeot, Dany había comenzado a preguntarse si esa noche sería la última vez que se fuera a encontrar con Marisa, mientras ella, siguiéndole el paso entre comentarios banales sobre el día anterior, se adentraba entre el brazo y el torso del chico, encajando su cuello entre el rostro y el hombro, en un momento en donde la puerta automática hacia su función y las suelas de los zapatos notaban la diferencia de la grava mojada y el azulejo de primera clase de los ochentas. Dentro del lugar se iban figurando como una más de las parejas que se sitúan entre el brillo de las luces y las risas decorativas, esperando el fulgor que recae entre la ropa cara y las miradas que se van quedando atrás, todo con elegancia y naturalidad acogedora que entre los dos iban improvisando.
    Dany se había encontrado de pronto entre un manjar de inconvenientes: la risa fuerte de Marisa seguía creciendo a través de la plática vacía: yendo y viniendo de entre las paredes y espejos como aviones kamikaze, ataques inofensivos que la chica exhalaba para adueñarse del momento, del lugar, de la situación de la que Dany poco creía controlar y, por qué no, de las mismas entrañas del chico, en una cita no-muy-casual, como todas las anteriores. Sabía que no era así, no podía serlo, no con las malas intenciones que se cargaba tras su mirada, no con los destellos que aparecían en los blancos dientes de Marisa bajo las luces de la tienda departamental y la reacción de sus manos posesivas, empujando las caderas de la chica de aquí para allá hasta perderse en una puesta en escena similar al Alka-Seltzer.
    Lo pensaba y se remitía a lo mismo. Sus manos se posaban sobre el cuerpo de la chica para arrastrarla a un camino sin rumbo, una travesía de tiempo indefinido en donde las frases educadas en el departamento de electrónica se enredaban con la malicia perversa del placer sobre Marisa, sobre Marisa y sobre el propio anonimato de encontrarse ahí: ausente y vacío a pesar de las compras innecesarias y los múltiples besos que terminarían sin sabor alguno. Un sacrificio que iba degustando más y más.

Cool Boutique

No hay mejor invitación a un lugar desconocido, que dos paraguas rosas; fuera de los 6 metros cuadrados, que se encuentran abarrotados de tela y algunas utilidades olvidadas, el color rosa parece el invasivo primordial en todo este asunto. Aquí no hay nada para ti, ni para mí, ni para cualquiera que pueda invertir más de 5 minutos en decidir qué es lo siguiente en su lista de domingo. Podría gastarme mi tarde en la banca frente al local y aun así no decidir del todo de que va este asunto. Más bien  creo que es una especie de broma, porque ya sabes lo que dicen,  las mujeres necesitan  más de 6 metros cuadrados cuando se trata de moda; en cambio, me tienes en menos de medio metro cuadrado y sin interés alguno por la moda. El rosa me tiene atento, debe ser el rosa mexicano, aunque a estas alturas, ya todo es rosa mexicano, incluido yo y el vendedor de algodones que lleva un rato platicando con la dependienta.


Si a rosas vamos, el chico que suele estar hostigando cada 20 minutos a una pareja al azar, se ha detenido a comprar cigarrillos; parece haber notado la presencia de otro hombre en este húmedo y rosado lugar. Entonces, he de suponer que el lugar remite directamente a la presencia femenina, como marcando un punto de poder, en medio del asfalto lleno de machismo; no tengo muy en claro si el ser feminista va de la mano con la vanidad, pero mientras termino de gastarme los últimos 20 minutos de la tarde, la dependienta prepara su salida; del mismo modo, el vendedor de prepara su entrada, que supongo es una especie de victoria sobre el feminismo, el capitalismo y los cuentos de hadas. El local ha cerrado, los algodones son gratis.