La wera (Mario)

Este podría ser un día más que extraño el tenerte cerca, saberte entre los espacios aledaños, pero la espera es lo que le da sabor a tu presencia, la expectativa de que llegue el momento de tenerte al frente y compartir memorias. La receta parece ser sencilla, darte el espacio suficiente para que seas tú y nadie más, a la par, todo se sazona a fuego lento con las amistades, la confianza y las expectativas.
nos espera un futuro lleno de sabores cambiantes, de aventuras y nuevas memorias; memorias donde ocupas nuevos espacios, wera wera wera, todos decían que no me convienes, pero a como va todo yo te veo como la madre de mis hijos, mi compañera de camino, mi escudera en las más grandes aventuras venideras. no importa que las jornadas laborales se alarguen, ni que el futuro no prometa una estabilidad constante, pues a tu lado la estabilidad un factor que no tiene mayores implicaciones.
Esta noche es el momento decisivo entre ambos, pues tu duermes mientras yo sigo forjando nuestro futuro, el futuro noble, el futuro que nos da la oportunidad de remendar nuestros pecados, hay un espacio para un renacer, para ser renovados ante nosotros mismos.

R3

Por alguna extraña razón nada de lo que le mencionaba le provocaba sorpresa. Cada una de las sentencias que golpeaban su lóbulo frontal parecían el ensayo de una obra, su conciencia estaba predispuesta a que no sería la primera vez que escuchaba dichas palabras.

Dentro del silencio que lo venía caracterizando las últimas dos semanas se escondía una tormenta; el torrente de decisiones mantenía el flujo constante, pero a todo esto: ¿Quién está preparado para definir la vida o muerte de una persona?

Afuera, todo en calma con el calor tostando las hojas en pavimento, el silencio sobre pintando los ruidos de los vehículos y dejando un resultado que camuflajeaba perfectamente la situación.

Recordó cuándo fue la última vez que paso por una situación similar ¿la secundaria? (Claro, porque a esa edad la irresponsabilidad no es del todo mal vista) pero ahora todo era un poco distinto, y eran estas pequeñas modificaciones lo que más le perturbaban, pues a los 29 algo como esto no está del todo mal visto, de pronto la invadieron una serie de imágenes: los viajes de mochilazo, los bares peligrosos en cada ciudad, las peleas en los hostales y cada una de las chicas con las que no tuvo este dilema.

Sin darse cuenta cómo, se vio en medio de la oficina, era el siguiente y la ventanilla lo aguardaba, la carta se encontraba algo arrugada, pero cumplía con el protocolo de timbrado, los 16 pesos del peaje, las letras cargadas de su alma, de su preocupación, de cada sentencia que no podría tener la certeza de repetir en persona.



Al salir sintió un poco de confusión, pero enseguida se repuso repitiendo que hacia lo correcto. Su designio no podía continuar mientras esos lazos siguieran creciendo y ahora ese lazo estaba podrido, su único dilema pendiente era regresar por su equipaje, salir de nuevo y perderse entre la multitud aledaña, con la esperanza de que todo era mejor así.

R2

    Subía su dedo muy lento.
    Sin apuro alguno que hiciera quejarme, encontraba la forma de jugar con su índice trazando rutas a lo largo de mi cuerpo. Sin embargo, había algo extraño en todo eso. Todo comenzaba desde el panorama extraordinario distinto a mi rutina. Nada encajaba con la última escena después de salir del trabajo: aún resplandecía el sol sobre nosotros y el tráfico era más pesado de lo normal. En cuanto a ella, nada tenía que hacer junto a mí en ese preciso instante y todo alrededor parecía cuidadosamente planeado.
    Observaba detrás de mí parabrisas el montón de coches varados en el tráfico y las motocicletas pasando entre carriles, yacíamos justo ahí, tranquilos base el tumulto suburbano atemporal y el sol de canícula. Ella se aferraba a pasear su dedo sobre mi brazo, sobre mi pierna y por el cabello que me caía por la frente. La luz en su rostro me recordaba la anormalidad del conjunto, todo esto mientras lograba avanzar entre un carril que se abría para nosotros. La pista era sólo nuestra y la respiración de mi acompañante me descubría como voraz conductor ante el suceso.
    Pasábamos los carros a una velocidad tremenda y sigilosa, contrastando el ambiente que teníamos dentro de la cabina: un juego de miradas que se iban y volvían sólo con el pretexto de hacer algo más allá de conducir sin rumbo. Tendría que tratarse de un sueño, uno donde te encuentras de repente sobre la nada y esta nada te regresa al trayecto real de golpe, apretando el volante y desconociendo el camino que en verdad se había tomado.

Cool Boutique

No hay mejor invitación a un lugar desconocido, que dos paraguas rosas; fuera de los 6 metros cuadrados, que se encuentran abarrotados de tela y algunas utilidades olvidadas, el color rosa parece el invasivo primordial en todo este asunto. Aquí no hay nada para ti, ni para mí, ni para cualquiera que pueda invertir más de 5 minutos en decidir qué es lo siguiente en su lista de domingo. Podría gastarme mi tarde en la banca frente al local y aun así no decidir del todo de que va este asunto. Más bien  creo que es una especie de broma, porque ya sabes lo que dicen,  las mujeres necesitan  más de 6 metros cuadrados cuando se trata de moda; en cambio, me tienes en menos de medio metro cuadrado y sin interés alguno por la moda. El rosa me tiene atento, debe ser el rosa mexicano, aunque a estas alturas, ya todo es rosa mexicano, incluido yo y el vendedor de algodones que lleva un rato platicando con la dependienta.


Si a rosas vamos, el chico que suele estar hostigando cada 20 minutos a una pareja al azar, se ha detenido a comprar cigarrillos; parece haber notado la presencia de otro hombre en este húmedo y rosado lugar. Entonces, he de suponer que el lugar remite directamente a la presencia femenina, como marcando un punto de poder, en medio del asfalto lleno de machismo; no tengo muy en claro si el ser feminista va de la mano con la vanidad, pero mientras termino de gastarme los últimos 20 minutos de la tarde, la dependienta prepara su salida; del mismo modo, el vendedor de prepara su entrada, que supongo es una especie de victoria sobre el feminismo, el capitalismo y los cuentos de hadas. El local ha cerrado, los algodones son gratis.



Stéphanie

27 de octubre

Supongo que esta fecha bien podría ser el eje central de mis historias amorosas –fallidas-; aunque si me lo pienso bien creo que es más bien algo premeditado por alguien más. Es el momento en que te conocí por vez primera; también es el momento en donde te conocí por segunda vez. De cierta manera todas las chicas, son siempre la misma, sé que es horrible hacer tal comparación, pero no puedo evitarlo. De un momento a otro puedo verte entre los espacios que van abandonando. Te veo por ejemplo a punto de dejar el país. Toma brevemente esta nota de “bon voyage” en cursivas y con la rapidez que ameritan las despedidas breves, porque las despedidas largas no son para mí.

Alguien ha gritado que han roto su ventana, se trata de un tipo que no es de por aquí; el estado de euforia, supera a momentos al de ebriedad, las caminatas nocturnas son cada vez más prolongadas y definitivamente no conocemos este lugar. Hay un tipo que siempre habla de ti, realmente siempre me ha parecido un imbécil, pero no creo tener nada más que decir.

De cierto modo es horrible el resolver no quererte, es algo que va contra mis principios; pues principalmente despiertas esa sensación, es una especie de sueño que no puedo sortear bien; como ir tropezando con el snooze del despertador, dame unos nueve minutos más para tratar de comprenderte del todo, aunque estoy seguro que con nueve minutos no voy a poder saber todo de ti.

Si a momentos no sé nada de ti y tengo una desconexión total, es tan sólo el insomnio cobrando su factura habitual, reclamándome en oleadas salvajes. Pudiera intentar tomar algunas pastillas, pero me agrada cuando todo surge de manera natural.


Qué más puedo decir mientras el sueño acecha y tú con él.

Valerí

Empecé queriéndote escribir algo como Cornestone, pero termino siendo una patético intento de. Algunas otras veces intente invitarte a salir, pero no salió del todo bien; creo que se debió al que en algún momento fue tu novio y a los idiotas que suele frecuentar. En algún momento llegamos a ser compañeros de clase, compañeros de equipo y tipos desaliñados en alguna parte de la ciudad. Afuera la ciudad tiene un calor que puede llegar a ser extremo, pero dentro de la oficina hay que usar algunos abrigos; cuando las tardes se vuelven sin sentido, nos espera una tarde en algún cubículo del cual no puedo recordar el número.

A momentos me gustaba imaginarte dentro de algunos años, no viviendo aquí. Con un gato de tiempo completo, mientras las facturas seguían llegando mes con mes. Luego cualquier día podría ser un día de lavandería.  Los días pasaban como locos y la gente seguía queriéndome creer dealer, pero en mi mochila solo hay algunas viejas libretas con dibujos que claramente hiciste una tarde de taller. En que caja empacaremos todos los libros que restan es el mayor de los problemas que podría ayudarte a solucionar. Debe haber algo que quiero tener con tu tono de voz, incluso con tu forma de manejar, que supongo debe ser una aventura difícil de frecuentar; te recuerdo batallando al tratar de limpiar algo de hierba cuando querías fumar, no pude comprender como es que nadie trato de pedirte matrimonio antes. No eres un trabajo de tiempo completo, más bien eres una vacación constante, un eterno intento de regreso que se va prolongando; una plática en algún café de la capital, un recorrido por los lugares más peligrosos que pudiera imaginar -aunque realmente no sucedió nada- una rayuela – la de cortázar- un conversación de negocios difícil de tratar, un metro lleno a punto de trasbordar, unos momentos entre el decidir, un suave beso y el adiós.


Ya no recuerdo tu número telefónico.

Si cuelgo ahora, todo se habrá terminado y tú lo sabes bien. No es que nos quede alguna otra situación, pero soy la peor persona para expresar las cosas y sobre todo si me encuentro ebrio. Todo el lastre que tenemos desde hace algunos meses nos ha comenzado a tirar, la pequeña travesía alrededor de la ciudad va desapareciendo; ya no hay lugar para nosotros en esta podrida ciudad.

Entonces, si crees que lo mejor es colgar, creo que deberíamos pensárnoslo bien. En una llamada no caben los silencios de abril, los momentos amargos de noviembre y uno que otro rosario –que suelo detestar- es así entonces como todo debe terminar.


Lo siento. Por favor llámame cuando escuches este mensaje.

CFK

Sé que no puedes ser engañada, de ninguna manera podría intentarlo. es algo que tengo bien en claro desde que todo comenzó. antes de intentarlo, tendría que olvidarme de todo lo que sucedió. Mi café lleva exactamente un minuto, doce segundos, en la mesa desde el último sorbo; mi reloj va contándole el paso a las pocas vibraciones que va recibiendo a través de la mesa.

Estoy seguro que no soy del tipo que pone una cara linda y se carga un espectacular enigma. mi método no se basa en el dinero que tenga en mi cartera, ni en como pueda hacerte sentir al respecto. Para serte sincero no tengo nada que ofrecerte, apenas y puedo pagar la cuenta de este lugar donde los viejos acuden a recobrar el brillo de sus viejas historias.

Hay una chica –siempre la hay- en la mesa contigua, que lleva viéndome desde que recién llegué. Su taza está llena a medias y su cigarrillo va brindando la atmósfera de lo que parece ser un bar; ¿Quién viste de negro justo a medio junio? más vale que termine mi bebida, pues no podré resistir mucho sin saber su nombre.

No puede uno tratar de engañarte querida, no cuando se trata de amor.
En cualquier momento te preguntaré tu nombre y por supuesto tendrás que responder; aun y cuando tu nombre sea el más común de la maldita ciudad, fingiré algo de inocencia y diré que nunca jamás lo escuche. A todo esto, tendrás que reír; los nombres de flores son más comunes que los lunes.

¿A quién trato de engañar, si llevamos saliendo más de un mes?

Correspondencia no deseada

    Era la hora del almuerzo cuando Lucio se dio cuenta que el sol estaba más insoportable que de costumbre. Había terminado de escribir los pendientes que tenía cuando se levantó y comenzó a bostezar por el desvelo que se cargaba. Procuraba tomar varias tazas de café mientras trabajaba y no paraba hasta terminar lo esencial.
    Afuera, el caos vehicular que se acumulaba en la calle del edificio iba como de costumbre, con el sonido de los claxons chocando en las ventanas de los inmuebles, rebotando hasta llegar al piso en que Lucio se encontraba, invadiéndolo del fulgor urbano del que tanto vive y que, a la larga, a convertido en el soundtrack relajante de las mañanas de trabajo.
   De pronto, entre el desconcierto que indagaba en su cabeza el sonido de notificación de su móvil emitió un sonido amigable  que lo alertaba de observar. Al recibir un mensaje de un «número privado» con las siguientes instrucciones: «Hay una correspondencia suya que tiene que pasar a recoger al Palacio de Correos», Lucio no dudó en pensar de quién se trataba. Lo encontraba extraño, ya que en anteriores ocasiones se habían extraviado importantes cartas y nunca nadie le notificó.
    Más tarde, al llegar hasta el Palacio de Correos, una mujer amable y regordeta lo había saludado, siendo Lucio una persona conocida en Correos no faltaba quien lo saludara, pues seguramente eran pocos los individuos como él que eran recurrentes del viejo método de comunicación. Preguntó educado por la procedencia del mensaje y no obtuvo razón pero, efectivamente, la carta estaba ahí. Al despedirse de la señora, pensó que, sin duda, había sido extraño recibir aquella notificación, cosa que olvidó tan pronto observo la caligrafía que tenía el sobre.
    Su estómago había resentido el bum con un entrañable recuerdo, mientras sus manos sudorosas se apresuraban a descubrir el contenido. De pronto surgió de entre varios intentos un papel de libreta doblado, el cual abrió con desdén descubriendo una carta más de Nydia:
   

    Hola Lucio:

    Hace días que quería hablarte pero no me atreví, tuve de nuevo el miedo que siento cuando comienzo a imaginar las posibilidades más negativas posibles si lo hacía, así que te vuelvo a escribir. De igual forma, creo que para cuando leas estas palabras ya habrán pasado centenar de cosas, para bien o para mal pero, como mi urgencia de comunicarte esto no rebasa mi temor al rechazo, lo dejo así.
    Habiendo dicho ya todo lo que nos gritamos anteriormente, reprochado y hasta ofendido, el pensamiento de tu persona en mí se ha agrandado sorpresivamente y no llego a comprender el porqué de todo ello. Al momento de pasar por el último mal encuentro que tuvimos, sentí que nos iríamos distanciando lentamente como acordamos la primera vez, en ese pacto incompleto en el que propusimos seguir cada quien en su camino. Han pasado meses y pareciera que ese camino nunca lo habré de encontrar. Cada vez que creo posibles ramificaciones a lo que pudiera ser mi camino correcto, no hago más que encontrar un estanque en el que me sumerjo y te encuentro nadando sigilosamente sin que te percates de mi presencia: vas dando brazadas determinadas que poco a poco te alejan de mi a la vez que mi peso me hunde en el desespero y el total abandono. ¿Será acaso que es esto verdadero? Posiblemente te encuentres así, viviendo cosas que yo no te dejaba hacer y no sé si me entiendas, que yo ahora no me logro desprender de todas esas malas cosas que vivimos pero que tanto aprecio.
   Quiero creer que una mínima pizca de ti te dice que me extrañas, que te hace ver mi número telefónico en tu agenda del móvil, aún con la foto de perfil que me habías asignado y esa estrella marcada que me indica como «contacto favorito». Lo pienso y me hago daño cada que lo recreo, me doy cuenta de que soy tan patética que yo te tengo todavía así y es que no consigo erradicarte como antes lo quise. Tal vez tenías razón con aquella propuesta y seguramente me equivoqué al negarme, aunque ahora me encuentre más desconcertada al respecto, pero otro sería mi estado si hubiese aceptado.
    No deseo que esta mala carta cambie tu parecer, así como tampoco quiero que pienses que yo contemplo abalanzarme hasta tus brazos, más bien quiero sepas que te quiero y que tal vez eso nunca cambie. Te quiero como no puedo querer a nadie más y como seguramente tú lo habrás hecho conmigo, aunque ignore cómo te sientas después de los destrozos que cometimos esa noche.
    No sé cómo terminar la carta así que sólo diré que no es necesario responder, puedes tirarla o guardarla, pero créeme que lo mejor sería que sólo la leyeras y entonces ahí, en medio de tu habitación, comiences a dar los verdaderos pasos de tu nuevo camino.

Nydia R.
 


    Al terminarla volvió a leerla cinco veces más. Después, como de costumbre, quiso huir de todo el rastro que ha dejado por ahí, aunque siempre terminaba haciendo las mismas cosas que poco o nada aliviaban el desconcierto. 

Volver

    Había conducido alrededor de dos horas a través de la ciudad cuando se dio cuenta que no llegaría a ningún lado. Se trataba de uno más de sus impulsivos arranques de escape, huidas que se volvían el camino indefinido de querer salir de sí mismo y, como medida de corto alcance, tomar las llaves del auto siempre era la herramienta más cercana.
    Aquella tarde no hubo ninguna discusión, ni siquiera un enojo. El verdadero problema era su cabeza, lugar donde se encontraban todas sus desdichas y pesares, tormentos que cargaba a toda hora y de las que poco se podía alejar. Lo sabía, Lucio lo sabía, pero así mismo se encontraba como una más de las personas que viven sin saber vivir: ocupantes de la ciudad que respiran sin agradecer en lo más mínimo al respecto, entes que deambulan día a día entre el centenar de sonrisas hipócritas y las buenas noches, buenas tardes, buenos días.
    Se encontraba al poniente de Monterrey, rumbo que poco conocía y que por obvias razones se decidió a recorrer. Llevaba el tanque lleno, los tenis cómodos y el alma en rastra, sin esperanza de encontrar algo en dicho viaje. Poco o nada le importaba gastar el combustible, mientras observaba la aguja que indicaba una F y la comparaba con su autoestima, provocando una sonrisa que bien podría traducirse en la propia humillación que tanto gustaba de aplicar.
    La ciudad que antes había amado ahora la encontraba horrenda, una población más suburbana que la chingada que tanto le incomodaba habitar. Si bien antes había creído en ella ahora le preocupaba más agredirla, maldecirla en cada semáforo en rojo que lo detenía a ciertas distancias, todo en un trayecto indefinido que iba trazando concorde las señalizaciones se lo permitían.
    El clima no invitaba a seguir alargando el momento, pero Lucio se esmeraba en pisar el acelerador mientras más lejos se encontraba. Fácil había ignorado a cinco oficiales de tránsito que lo paraban por rebasar los límites de velocidad.  Violar las señales de zonas escolares pudo ser su más entrañable sonrisa y comenzaba a disfrutarlo, mientras miraba de reojo a cada niño que asustaba al hacer rugir el motor del vehículo en un ascendente desprecio.
    Eran cerca de las seis de la tarde cuando abordó Lincoln desde el Periférico, fue entonces cuando recordó que Nydia lo seguía buscando. Lucio intentaba adentrarse en los límites más alejados de su estancia para huir de ella, de las extrañas maneras que ella optaba por ejercer en él y cómo intentaba destruirlo, pese a sus constantes reclamos. Cada que lo recordaba encendía el autoestéreo como medida de respuesta, acto que después cancelaba tras darle la vuelta a las estaciones de radio que tanto dejaban desear.
    Lucio había pedido amablemente a Nydia un cierre de lazos. Anteriormente ella lo había hecho y él se negó. Entonces, ahora ella rompía con sus tristes postulados incongruentes que a él sólo lo llevaban a una enorme volubilidad, siendo que, a la larga, había aceptado la negación. Se preguntaba si se trataba de algún juego, una más de esas tontas estrategias que ella formulaba para tenerlo al tanto, para recuperarlo o simplemente para joderle la existencia. Sí chingarlo era su objetivo vaya que lo estaba logrando, pensaba Lucio, mientras cruzaba enfrente de una enorme plaza comercial que lo acercaba de nuevo a los territorios conurbanos de la ciudad, intentando no mirarlo demasiado para evitar terminar con un Jack Daniels y cajetillas de cigarros como de costumbre.
    Afortunadamente el tráfico fluía en contra de su dirección en aquella hora, lo cual le permitía seguir acelerando y pasando semáforos ámbar con júbilo de quinceañero. Volvía a encender el autoestéreo de nuevo, bajando la mirada mientras aseguraba cierta distancia sin estorbos vehiculares, semáforos o transeúntes suicidas, todo como un instinto del conductor que sabe lo que hace e ignora lo que viene, corriendo con más suerte de la que creería poseer.
    Al llegar a Rangel Frías dio vuelta hacia la derecha, aproximándose lentamente entre el tumulto de coches que fluían por aquel eje. Repentinamente había encontrado un programa de radio que le traía buenos recuerdos: tardes de Jazz en las que se sentaba a escribir decenas de artículos sin problema alguno, acompañado solamente de tabaco y, a veces, los ruidos que Daniela hacía al leer sus libros al fondo de la habitación.  
    Daniela, era la mujer que siempre estaba ahí cuando de desmadres se trataba. Una vez más Lucio se había dirigido a su hogar sin saberlo realmente, casi rodeando toda la periferia de la ciudad para desligarse del todo. No era la primera vez que lo hacía, ni sería la última pues en ella recaía la única estabilidad que él poseía. Al momento de dar vuelta en Rangel Frías esa había sido su meta, encontrarla ahí, tocar su puerta como de costumbre y verla salir con un movimiento delicado para después recibir el abrazo que siempre le rendía.
    Al doblar por Paseo de los Leones se preparó a sí mismo: acomodándose el cuello de la camisa y carraspeando repetidas veces para aclarar la garganta. Volvía de nuevo a los brazos de Daniela como quien vuelve a las bases de la vida, un crío que vuelve a los brazos de la madre para curar las penas que sólo ella puede consolar. Es un rito natural, uno que a veces todos tomamos en determinado momento y al cual, Lucio, recurría en ocasiones como niño que ha dejado de creer.


Crucifixión, la solución


    Pendejo va y viene todos los días por la misma ruta. Sabe que su vida pudo dar para mucho más, un poco más de lo que ahora tiene y que tanto anhela perder en cualquier momento de la jornada. Pendejo anda por Monterrey con la esperanza maldita de volver a caer: lo analiza con cada imperfección del pavimento, siempre tratando de colocar el pie de manera en que le provoque un tropiezo. Falla y sigue apuñalándose la espalda de tanta impotencia.
    Hay ocasiones en las que a Pendejo lo alcanza la suerte y se siente fatal. Se siente halagado por la existencia al momento de encontrarse con algún regalo, algún premio que le ha deparado la vida entre tanta mala racha y se tira a llorar, desgarrado por esa sutil trivialidad que tanto lo acongoja y procura el error, el error sobre todos los bienes de este mundo; como Leonor, que un día le juró amor y con el pasó de los años Pendejo tuvo que encargarse de aniquilar.
    Pendejo va y viene todos los días al hogar de una vieja puta. Sabe que con Leonor tuvo para mucho más, un poco más de lo que ahora tiene y que tanto se empeña en revivir cada noche con su nueva amada. Pendejo anda por las noches con la vida entre los pies: lo recuerda con cada gota de sudor que Rebeca impregna sobre su cuerpo, siempre tratando de hacer fricción de manera en que Pendejo haga posible un nuevo comienzo. Rebeca falla y sigue añorando haberlo encontrado cuando aún fuese un hombre jovial y lleno de inocencia.
   Hay ocasiones en las que Pendejo pide a Rebeca revivir viejas vivencias y se vuelve un animal. Se siente más vivo al recrear escenas en las que Leonor era algo malvado, una bestia inconsciente del placer que sólo vive para matar, desgarrando una a una sus prendas hasta revelar el intenso dolor, el calor sobre todas las perversiones de este mundo; como Rebeca, que un día le juró amor y con el paso de los años Pendejo entendió que algún día la tendría que dejar.

   

817

Se hace tarde para el colegio, o cualquiera de los compromisos a los que tenemos que llegar puntuales. He olvidado mi billetera, se ha deslizado por la ventana mientras cambiaba la radio de estación. No creo que importe mucho la situación que está a punto de suceder, pues el carro sigue avanzando y el tiempo le va muy de cerca.


No te molestes, me sucede todo el tiempo. No entiendo como los demás chicos pueden ser tan organizados; apenas y puedo poner en orden mi almuerzo. Creo que se debe a mi nueva compañera de clase, sus gestos inconscientes se impregnan en mi mente. No soy el tipo de chicos que la miraría directamente (creo que eso sería molesto) prefiero verle entre reflejos; sus gestos me matan, muerde su cabello cuando comienza la clase de matemáticas, mientras el cuaderno se va llenando de números primos a los cuales sinceramente no les encuentro ninguna relación. La clase de español suele ser más tranquila, eso me gustaría creer si no fuera por la comisura de sus labios que es mi perfil favorito durante las horas siguientes.


Así termina mi jornada, mientras esquivo algunas palabras que no me pertenecen del todo entre el corredor. Tenemos caminos separados, distintos, pero con la misma magnitud; podría ser todo un reflejo mal aplicado de un estigma adolescente.


¿Qué haría yo un sábado cualquiera, que no sea pensar en ti?

Hace fin de semana, me sabes lejos. la gente sigue con su boom de consumo, mientras, no logro quitarme el boom de tus manos, tu piel y tu cintura.
Siguen las oleadas de transeúntes, yo simplemente sigo con mis oleadas de suspiros; luego veo el reloj y son apenas las 9 de la noche y me pone un poco triste el saber que el tiempo sigue pasando y cuando sea lunes, tampoco estarás aquí, ni el martes; ningún día cercano. 
No, eso no es lo peor y lo sé. puedo vivir con eso, pero no puedo vivir sin ti.

Contacto visual

    Sí hay algo que Marco no puede controlar en su persona es el acto de perder siempre en el duelo del contacto visual. Lo analiza en cada caminata que tiene que dar a lo largo de los días, siempre pensando y tratando de buscar la respuesta a una pregunta que plantea en el aire y, tristemente, observa como se desvanece con el viento, como muchas de las cosas más de las que ha huido a conciencia plena del miedo a vivir. 
    Marco se mueve entre la población citadina, siempre deprisa, tratando de asimilarse a sí mismo mezclándose entre el bullicio de las horas pico, aparentando ser una persona importante con una cita estricta a la que no puede faltar, alguna junta de trabajo o alguna chica que piensa en él: alguien que se despierta un poquito más temprano en las mañanas para arreglarse para su enamorado. Sus veintinueve años han pasado en un transcurrir de gente que no se molesta en observarlo mientras él, decadente y vulnerable al afecto mínimo de una mujer, es la prueba irrefutable que el poder femenino ejerce y que resplandece a los cuatro vientos de la ciudad y que, como desde la adolescencia, ha tratado de superar con cada chica que llega a acercársele. 
    ¿Algún día dejaré de ser tan cobarde? —se vuelve a preguntar al aire como si su reflejo se situara en algún espejo superior—.  Soy una víctima irremediable de ver a las mujeres andar, siendo el centro de atención en medio de toda esa mediocridad que nos ocupa, hermosos seres que caminan cargando esa inconsciencia concreta de saber qué es lo que están haciendo —piensa pesimista al encender un cigarrillo a las tres de la tarde con cuarenta y dos minutos. ¿Y qué están haciendo?, cómo saberlo si al momento de comenzar a indagar me pierdo en ese rubor delicado que las adorna mientras nos consume el tiempo, momento cumbre y clímax de la incomprensión masculina se dice  mientras paga los cuatro pesos del tabaco callejero.
    Marco alcanza a doblar la esquina entre un hombre que vende aceites milagrosos del sur del país y una señora apretada que mueve las nalgas con un placentero desdén, logrando sofocar al decadente hombre que se repite una y otra vez la penitencia que le dejó la muerte de su padre: un hombre que lo humilló tanto desde su niñez hasta los dieciséis años. Sigue el monólogo a la par de sus pasos en la acera, visualizando fugazmente la presencia de su padre en el interior de su mente, mientras vuelve a negar, pesimista y terco, su impotencia hacia las simples miradas de las damas que ceden el honor al espectador que es. 
    No puedo dejar de ser una presa de esas sonrisas dominantes, de esos delicados meneos de cabelleras brillantes, ataques ofensivos que me destruyen la poca estabilidad emocional que me forma —se dice mientras piensa en la mirada deplorable que su padre le embarra al escucharlo—, saben lo que hacen conmigo pero, ¿sabrán lo que hacen consigo? —reniega al ver dos mujeres acercarse a diez metros de él—, seguramente tendrán al menos una pizca de sabiduría compartida, sobre todo las hermanas, que en este caso son el producto de estos monólogos vespertinos llenos de palabras vacías de valor alguno.
    ¿Cómo continuar analizándolo? —se apresura a citar al tiempo en que su rostro se petrifica ante el asombro que se encamina hacia él—.Estoy perdido en la batalla de nuevo, como ahora, con ese par de diosas que se acercan y merecen mi humillación ante sus pies.
   

Donceles con amor y absurdidad

    No hay nada más horrible que comparar besos de diferentes chicas. Muchas veces me he encontrado en la penosa necesidad de tener que comparar a las personas, todo con propósito meramente estratégico, un acto digno de fantoches e insensibles gentes del que me puedo afirmar como miembro, y, por qué no, amateur tirándole a ridículo profesional.
    Aquella tarde me encontraba en el húmedo Distrito Federal, y cuando digo húmedo me refiero a la inestabilidad climática, a mis manos sudorosas y a la chica que tenía enfrente en dicha ciudad. Era lesbiana, lo supe en el momento que se acercó a mi para ofrecerme algo de la barra de ese bar, un bar al que había llegado por recomendación y que me había emprendido a visitar, siempre con la intención de agradecer o maldecir al responsable. El lugar era pequeño pero agradable, bastante tranquilo para un martes, bastante desolado para ser el DF. La chica se había vuelto hacia mi desde el momento en que entramos al lugar, me acompañaba un amigo y a la chica no le importó poder coquetear. Era lesbiana y ya lo mencioné, me lo decía toda ella, toda su pinta de niña bonita y traviesa, toda la saliva que compartía con otra mujer cuando entré al bar, toda esa ola de pequeñas circunstancias que a nadie le importan y que a mi me gusta recordar. 
    So, me trae las dos cervezas y me agarra las bolas. Necesitaba algo tan romántico como eso para poder decir que fue un bonito día, para poder presumir que fui al pinche DF, otra vez, siendo ahora una buena manera de comenzar a ver a la ciudad, después de lo anterior, después de ya-sabes-qué-pinche-desmadre. Podríamos haber seguido ahí sin decir nada, brindar por una muestra moderna de cariño y seguir yendo al tocador a través de esa diminuta puerta tan ahuyenta regios, pero la hice volver con una ronda más. 
    Iban siete rondas y sus besos ya eran el análisis de mi martes. Al principio uno saborea la saliva como algo nuevo, tratando de asimilar la sorpresa del acto, lo que no se sabe, el gusto de encontrar siempre una diferencia mínima a pesar del alcohol. Después me refugié en la desmoralización de siempre: la comparación. Al principio era como volver a besar a Marlén, pero sin su enorme lengua, luego recordé el amargo y ácido sabor que me brindaban los besos de Cecilia, siempre con un toque agridulce de gomitas de supermercado y, como toque carismático, los smacks de Lizeth, quien se había empeñado a adornar cada beso francés con choques tronados para disimular sus labios delgados. Es un tanto desequilibrado como inquietante, así como es este dolor de hombros que me ocupa esta noche de mayo, pero el hecho de relatar un beso no se trata de la lesbiana ni de Marlén, ni de nadie, ni de mi. 
    Todo esto sucede cuando digo lo que no pasa, mis malas formas de ligar, mi acento norestense, mi ansiosa necesidad de tocar senos pequeños, mi terrible idea de querer aferrarme a un lugar que no pertenezco. Al final, ni supe su nombre ni su horario de trabajo, ni sus nalgas, ni su facebook, sólo supe que besaba un 45% Marlén, un 35% Cecilia, un abrumador 15% como Lizeth y un 5% como pinche lesbiana: manoseando demasiado mi pecho como queriendo sentir algo más.

Alameda

    "Tengo el presentimiento de que volveré a parar en el mismo espacio del que tanto batallé para salir". "Si todo fuera tan sencillo, como lo describen tus palabras, podría atreverme a intentarlo, a querer salir de este círculo de manías y larga melancolía del cual soy víctima". Palabras más, palabras menos, frases pseudo pesimistas que se crean y forman durante momentos de ausencia y soledad de inicio de semana, bajo la deslumbrante luz que reina en el metro y el calor de las personas que lo ocupan y nos entremezclan. Como el aceite que sobresale en el agua, su rostro llamó la atención.
    "Voy a casa, a casa". "Voy a partirle la madre a ese pinche bastardo". El muchacho empezó a arder conforme las palabras salían de su boca. "Juro que le voy a partir su perra madre". Las personas callaban, miradándose entre sí, se alarmaban por la agresividad que llegaba a sus oídos y el cuerpo del chico que enrojecía entre el tumulto. "No me importa ser el pendejo, nadie me hace eso a mí". Qué calamidad, las madres empiezan a moverse por la seguridad de sus hijos, los hombres se atenían a actuar si el chico explotaba, la gente seguía los viejos rituales que la humanidad tanto se ha esmerado en cultivar. "¿Por qué me miran así? Ustedes no saben lo que ese hijo-de-su-puta-madre me hizo". Enfoque al máximo. "Me quitó a mi Liliana, ¡a mi Liliana!". Recuerdo el paso de la gente a través de él cuando el vagón llegó al andén del transborde, lo dejaban de lado, lo olvidaban como se olvidan las mínimas deudas, lo dejaban atrás como a las desconocidas lenguas tras unos tragos en el bar. 
    "Liliana". Agachando la cabeza. "Liliana". Suspirando brevemente tras la a, tras la ana, tras el triunfo de haber perdido una vez más. "Váyanse a la verga todos". Miradas de una multitud nueva en el vagón, orgullo entre la garganta. Dos vergazos y a dormir. ("¿Liliana, dónde estamos?"). 
    "¿Qué pedo?". El sol se había metido y en la Alameda casi no caminaba nadie a esa hora. Un hombre de avanzada edad se acercó al chico, le dijo que llevaba cerca de media hora inconciente, que nadie lo había querido levantar por la frase que se leía en su camiseta. "¿Quién me dejó aquí, señor? ¿Dónde está Liliana? ¿Cuál frase?". El anciano señaló el pecho del hombre, se leía la frase: «Soy un mierda». El hombre pensó en Liliana juntó a Rogelio, pensó en cómo la cagaba todos los días y su afán de seguir cayendo tan bajo. "Tengo el presentimiento de que volveré a parar en el mismo espacio del que tanto batallé para salir". "Si todo fuera tan sencillo como lo describen tus palabras podría ateverme a intentarlo, a querer salir de este círculo de manías y larga melancolía del cual soy víctima". Palabras más, palabras menos, frases pseudo pesimistas que se crean y forman durante momentos de ausencia y soledad de inicio de semana, bajo la calurosa noche de mayo y la negrura que se empeña en ahogarlo de incertidumbre. Como Liliana, quien cansada de tantas chingaderas, huyó a los brazos del pendejo de Rogelio.
   

Salvaje

De pronto me gustaría volverme salvaje y perderme contigo, quitarte lo civilizado a besos, mostrarte las proezas de la noche sobre la ciudad; los  reflejos de tu piel desnuda se vuelven tornasol sobre el capote del auto, el calor se vuelve visible y el aire se disipa entre tu cabello. No hay razón, no hay nada que nos pueda hacer volver a donde pertenecemos, nos pertenecemos el uno al otro de manera involuntaria, nos pertenece el silencio y el desierto, la piel y los gemidos.
No me gustaría perderme de otra manera, de volverme civilizado y portar traje; de tener el reloj encima del hombro y el correo timbrando cada 3 minutos. No. 
Te quiero salvaje, sin maquillaje ni banalidades. te quiero para perdernos, ser errantes y no-sincronizados, para vernos morir lentamente; sabes que no me importaría.

Jaladera


¿En un momento como este, a dónde debería acudir? 
El tráfico hawaiano de las 7 siempre sabe cómo detenerme. las personas siempre mirando cada paso, aun y cuando no les interesa en lo más mínimo. justo ahora me enfrento a mi propia decisión. el sonido ha comenzado a parpadear, la puerta verde ha dejado de funcionar. la prisión más cercana estaba al límite, asi que tuve que esperar. 
Somos dos tipos nuevos, en lugares desconocidos; con gestos muy similares y asombro casi instantáneo. no hay sombra ni sol, no hay agua ni jabón; hay vació y silencio, pero también hay autos. 
Entonces, si me encuentras una tarde de viernes, ¿me reconocerías?

La sed





    Hubo un martes en el que no quise hacer nada más que mandarte a la verga. No tuve que pensarlo dos veces y decidí ir por una cerveza para pasar ese amargo sabor a hiel que me dejaban tus pendejadas, unos cigarrillos que me ayudaran a exhumar el olor de tu perfume y algunas viejas canciones que me animaran a maldecirte: un auto exorcismo justo y necesario. 
    Eran las tres de la tarde pasaditas cuando llegué al bar (uno que no conocías, donde podría estar fuera de ti sin recuerdos vagos que me asaltaran). El lugar estaba casi vacío: sólo una mesa se encontraba ocupada por cinco personas y en la barra se encontraba la encargada, quien me miraba fijamente invitándome a ordenar algo. Al dirigirme hacia la barra del bar (llamado "Reforma") presenciaba —por cada bocina del local, separadas dos metros entre ellas— la voz del cantante, aquel que ahora duerme y que había visto a los ojos en una ocasión, mientras cantaba a su ritmo la misma canción que ahora sonaba, como una especie de presagio que él creía y del cual, yo me sentía parte. La bartender me recibía con una sonrisa amable mientras me sentaba a la barra y ordenaba una cerveza para la mesa tres. Tras haber hecho eso me alojé en la mesa y bebí mi cerveza casi de un jalón (como los campeones, decía mi primo, como los pendejos decía mi abuelo).
    Quiero decir que hasta ahí todo iba bien, tranquilo y conforme a lo que había pensado, hasta que saqué mi cajetilla de cigarros y una chica entró al lugar casi de golpe. La vi de reojo mientras encendía mi cigarro y ella pasaba a mi lado, pero acto seguido, se regresó. Se dejó caer en mi mesa, frente a mí y empezó a decir un montón de cosas que no le entendí del todo. Hablaba y hablaba mientras buscaba algo dentro de su mochila. Yo por mi parte me limitaba a fumar y verla ahí, como si fuera a reclamarme una fuerte suma de dinero o apuntarme en la cabeza con una pistola. No pasó nada de eso. Sacó una cajetilla de cigarros que eran diferentes a los míos y me sonrió mientras se colocaba uno entre sus rojos labios.
     —Hola —dijo mirándome a los ojos. Necesito, en verdad necesito que me prestes tu encendedor, creo que vine aquí sólo para fumar un puto cigarro.
    —Con gusto.
    Acerqué decididamente el brazo y encendí su cigarrillo. Fumaba con pasión, creo que fue lo primero que pensé. Inhalaba suavemente y después dejaba caer su cabeza hacia atrás, dejando que la bocanada saliera casi tan junta como se podía.
    —Es lo mejor —decía mientras iba exhalando lo último.
    Después alzó la mano y ordenó una cerveza igual a la mía. Parecía contenta, como si se hubiera encontrado con alguien del pasado que extrañaba o tal vez eso fue lo que le quise culpar, pensando que se equivocaba de persona al haberse sentado conmigo en ese lugar en donde nadie me conocía. Pero luego de unos instantes, comencé a darme cuenta de que era muy guapa. Tenía la piel morena y un cabello negro y liso, el cual adornaba con un lazo sencillo. Debí de haber sonreído mientras la miraba, dado que comenzaba a verme con curiosidad. 
    La dueña del lugar regresaba con la cerveza de la chica y después ésta me preguntó:
    —¿Por qué los chicos como tú siempre terminan en lugares como estos? —dijo después de darle el primer sorbo.
    Ordené con una seña otra cerveza y luego regresé a sus ojos.
    —Producto de la naturaleza, yo creo.
    —Mi naturaleza justo ahora me ordena lamerte la cara, güero —dijo mientras me arrebataba el cigarro de la boca y lo probaba con rapidez.  
    Confieso que comenzaba a desearla. Empezaba a gustarme la forma en la que actuaba en ese lugar enfrente de un extraño, con decisión de querer estar a mi lado sin que nada importara. Carajo, deseaba su piel morena y esos senos que se dejaban entrever bajo su suéter verde.   
    —Nuestra naturaleza nos domina con facilidad. Yo, por ejemplo, estoy perdiendo la batalla con mi naturaleza justo ahora.
    —¿Sí? —preguntó con los ojos bien abiertos. ¿En qué forma?
    —Pues mira, ahora, como estoy perdiendo, mi naturaleza me ordena encender otro cigarrillo, terminar esta cerveza y posar mi mano en una de tus piernas.
    —Vaya, supongo que eres fuerte —dijo la extraña chica, entre cerrando un poco los ojos y ensalivando sus labios. Yo si soy débil, a mí me ordenó que cogiera contigo. 
    Acepté que ella era más débil y después de eso nos fuimos del lugar. Ahora me doy cuenta que en esas circunstancias era mejor perder, perder y seguir, lo cual me remite a una frase que dijo, ya caída la noche: «En la guerra es más importante saber ser un buen perdedor, más importante que la paz y el amor».

Calavín, calavera


Parece que me he extraviado de nuevo entre sonidos, humo y alcohol. Esta noche no me importa nada; no me importa, por ejemplo, la política actual que predomina en el país, ni de la política monetaria, no quiero hablar de la jodida ecología entre pseudo-intelectuales,  ni verme varado entre temas que ni siquiera tenía la certeza existieran. No señor. Hoy quiero ponerme hasta las chanclas, no recordar donde vivo, ni preocuparme por cómo llegaré a casa de nuevo; quiero escuchar a Lupita mientras hace su plática de rutina en la barra, escuchar a los chavos que cuentan su desmadre preparatoriano entre risas y humo, a los albañiles que con mochila al hombro llegan por la caminera antes de enfrascarse en la realidad, que ya en este punto está más cabrona que la resaca.
Pinche Lupe, nomás se la pasa recibiendo cumplidos de borachos mientras pasa las cervezas, ojalá algún día se dé cuenta de que afuera hay un mundo; puede que ya se haya dado cuenta y por eso este aquí, y yo diciéndole pinche Lupe; chingado, eso me pasa por prejuicicioso.
Lo mejor de este lugar, aparte de que siempre ponen los partidos, es la calma; los gays te dan tu espacio, las lesbianas no te tienen ganas, ni de chiste. No es que yo esté muy acá pero pues quien sabe. El único pedo que tengo con este lugar como siempre es saber cómo chingados voy  a pagar la cuenta.